Materia Sensible #14

Territorios
Diciembre 2016
  • Avance
Fernando Allen
La doble escena

Los tiempos modernos han logrado separar del dominio de la religión los distintos ámbitos del arte, la ciencia y la política. La desacralización del mundo erradicó prejuicios y permitió a la cultura actual ganar en tolerancia y apertura; pero este movimiento secularizador también terminó sacrificando muchos ritos indispensables ligados a la celebración colectiva, el drama comunitario y el juego social. Aun así, los ritos vinculados con la fe y las creencias colectivas siguen actuando solapadamente en los terrenos de la cultura ilustrada, pero de manera franca en los de la popular; las culturas rurales, suburbanas e indígenas del Paraguay están cruzadas y sostenidas en gran parte por formas rituales intensas que, ancladas en memorias distintas, renuevan a su modo los complejos argumentos del contrato social. El rito es, en efecto, lo social representado. Re-presentado: al aparecer en el círculo ceremonial, disfrazados y enmascarados; al mostrarse bajo otras luces y siguiendo otros libretos, los actores sociales se desplazan y dicen de sí cosas diferentes a las expuestas en tiempo corriente. Permiten, así, ver otras posibilidades de organizar la sociedad. Este enfrentamiento entre el tiempo de la existencia cotidiana, por un lado, y, por otro, el de la escena y el exceso, el del simulacro y de la poesía, es parte esencial del juego ritual, que pone en movimiento cuestiones esenciales de la sociedad: oscuros significados ligados al origen, la muerte y lo extraordinario. Tratarlos requiere formas intensas, exaltadas, capaces de invertir la dirección del transcurrir habitual; de perturbar el ritmo rutinario del ocio y del trabajo y desarreglar el orden estable de las instituciones. Fernando Allen recalca estos expedientes contradictorios, inquietantes, del ritual recurriendo al lenguaje de las formas, que siempre dejan afuera un excedente, inalcanzable en términos formales. De ese modo su fotografía no es puramente estética: se sirve de la armonía, la proporción y el equilibrio, así como del contraste y la combinación de colores, para sugerir un mundo perturbador, por momentos, que sobrepasa el régimen de la representación; es decir, que transcurre más allá de la escena. Por eso, estas fotografías no pueden ser consideradas en clave de puro registro documental, aunque también sirven de registro de las actividades rituales mostradas. Y, también por eso, tales imágenes no buscan ser articuladas en un discurso orientado a explicar, ilustrar y volver comprensible el sistema de los rituales, sino recalcar puntos donde se manifiesta una contradicción, una discordancia o una situación inexplicable de inminencia o incertidumbre. Esas breves puntadas recuerdan, por un lado, la amenaza de lo extraordinario; por otro, introducen breves movimiento de poesía e ironía y, aun, de humor. El fotógrafo trabaja diversas escenas rituales, tales como aparecen hoy. Algunas potentes celebraciones se han empobrecido tras la reducción de los espacios simbólicos, territoriales y ambientales de las etnias. Alguna otra, como la toba qom, ha desparecido ya y guarda solo la breve cicatriz de una ausencia que sigue alimentando sueños y generando energía comunitaria. Pero todas ellas han crecido, en el sentido de que continúan obstinadamente la vía de la imaginación y la unidad colectiva, para reinventar la memoria y apostar a futuros plausibles, aun en medio del presente duro que castiga a los pueblos indígenas.

El lugar de los dioses
La continuidad de la gran ceremonia ishir depende de los desplazamientos y las pérdidas de sus tierras, así como del acoso de misioneros fundamentalistas, especialmente los de la secta A Nuevas Tribus. Reducidos por esta misión, los ishir ebytoso de Puerto Diana han perdido la tradición del Debylyby; los de Karcha Balut lo han recuperado, profundamente reformulado, mientras que los ishir tomáraho de María Elena lo conservan, aun zarandeado por historias adversas que menguan sus antiguos brillos. En formato menor, y deslucido en muchas formas, el antiguo ritual sigue articulando las verdades del mito, los argumentos de la economía, la sabiduría de los chamanes y las configuraciones del orden social. Y lo hace mediante diversas expresiones mágico-propiciatorias y densas imágenes que significan el retorno anual de los anábsoro, las temibles deidades que aseguran la permanencia de la cultura ishir. Cubiertos con máscaras, profusamente pintados y ataviados con exuberantes atuendos plumarios, los mortales asumen la apariencia de los dioses y ocupan su lugar durante la fiesta.

Retornos, relevos
Para sobrevivir a la presión de la sociedad nacional envolvente y, especialmente, a la intolerancia de los misioneros, la fiesta anual de los chiriguano, el Arete Guasu (“El gran tiempo verdadero”), se ha acoplado al carnaval criollo. Pero, aun así, doblemente disfrazada, dicha fiesta conserva su esquema de rondas, máscaras, juegos y artificios mediante los cuales renueva la cohesión social y propicia las buenas cosechas de maíz, cifra del bienestar comunitario. Pertenecientes a la gran nación guaraní, los chiriguano habían iniciado a partir de fines del siglo XVI un largo y complejo movimiento que los llevó a internarse en tierras chaqueñas, cruzarlas e intercambiar con diferentes culturas signos e imágenes que enriquecieron y, aun, alteraron las formas del ritual sin comprometer su originalidad y su poesía. Las máscaras utilizadas en esta fiesta guaraní son de origen chané arawak y los altos capirotes proceden de influencias coloniales. Las vestimentas aún guardan reminiscencias del altiplano, mezcladas con los atuendos mestizos, e integran elementos de sensibilidades distintas, correspondientes a la cultura criolla, andina, militar, nivaklé, católica y menonita. El resultado configura un sorprendente conjunto de registros visuales apoyados en estéticas que oscilan desde el mundo más tradicional hasta la iconografía estrictamente contemporánea; desde las imágenes más graves hasta los antojadizos recursos del cotillón. Sin embargo, afirmada por encima de su heterogeneidad y su desorden, la fiesta mantiene una coherencia irrefutable y logra seguir conformando un rito vigente y sano, capaz de integrar las imágenes más disímiles y crecer con ellas.

Ticio Escobar

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